Castilla y León, mátame camión
El pasado 26 de junio el pleno de la Diputación de León aprobó con los votos del PSOE y de UPL (Unión del Pueblo Leonés), una moción para que una denominada “Región Leonesa” (provincias de León, Zamora y Salamanca) se forme, separándose de la actual comunidad de Castilla y León. PP y Vox se han opuesto porque ven este asunto como una fragmentación innecesaria e incluso perjudicial.
Castilla y León es una comunidad cuyo territorio existe como tal desde 1983, desde la fundación del actual Estado español de 1978. ¿Qué razones llevaron a esta reunión? No lo he investigado, porque creo que excede la pretensión de este artículo, que no es otra que mostrarles un enorme encogimiento de hombros por mi parte. No veo razones económicas, ni culturales ni históricas (salvo en un punto). Todo lo veo como la enésima jugada entre partidos políticos. Porque ha habido políticos del PSOE que estaban en contra y ahora a favor, y en el PP, viceversa. Porque en Madrid el partido socialista se mantiene ambiguo, etc.
Sinceramente, si se constituye la Región Leonesa o no, es un tema que a la inmensa mayoría de españoles no les interesa lo más mínimo, ni tampoco a muchos castellanos o leoneses. Eso no les va a hacer más o menos felices, ni va a bajar su factura de la luz, ni el precio del aceite. Esas peleas identitarias internas tienen su importancia, pues no solo de pan vive el hombre (Mateo 4:4), pero me provoca nausea una vez más ver su instrumentalización por intereses electoralistas y cortoplacistas.
Ciertamente, que la región descendiente de uno de los reinos históricos de España, el de León, cuyo emblema aparece en el escudo nacional, objetivamente es un menoscabo importante. Se puede aducir que el actual León y el histórico no son lo mismo, pero a fin de cuentas fue la base sobre la que se produjo la primera división territorial administrativa moderna de España, en 1833. También se puede decir que las cuatro barras no representan a Cataluña, sino a cuatro comunidades autónomas, y eso no quiere decir que deban formar una sola. Nadie lo defiende.
Claro, me pueden decir que, a mí, como catalán, me puede importar bien poco esa cuestión. A ver, a mí me interesa todo lo que tiene que ver con mi patria, España. Simplemente veo esa maniobra como algo que, si bien puede ser efectivamente innecesario, perfectamente entra dentro de la lógica del Régimen del 78: la creación de nuevas taifas y más dinero público para despilfarrar. Pero puedo comprender el sentimiento leonés, que no ha disminuido en 40 años y por algo será.
Se me ocurre que, como catalán, vería aberrante la creación material de una cosa llamada Tabarnia, o que una provincia catalana de separase. Pero, por ejemplo, no vería descabellado (bajo un punto de vista cultural, claro) que el Valle de Arán se constituyese como comunidad autónoma o algo así.
Los que claman contra la multiplicidad y división internas, jamás los veo quejarse por la existencia de la Comunidad de Madrid, creada por motivos puramente económicos; por la de La Rioja, o la de Cantabria, cuyos lazos históricos o culturales con Castilla son mucho mayores que con León. O por el nombre de Castilla-La Mancha, que sería como decir “Galicia-Ribeira Sacra” o “Aragón-Ebro”: un despropósito también.
Si la solución pasa por unir y simplificar, me gustaría saber qué proponen exactamente los patriotas de pulsera. ¿Volver a unir Murcia y Albacete? Porque eso fue una región española, y con solera desde 1833. ¿Unir Cataluña con Valencia? ¿Unir País Vasco y Navarra? Se pueden esgrimir motivos tanto históricos como culturales. A otros que hay que dar de comer aparte son los plurinacionalistas de ocasión en la izquierda, cuya única motivación es evitar que les llamen fachas, porque ni saben cuántas “naciones” hay en España ni se ponen de acuerdo en mapas y criterios.
¿Entonces? Entonces mátame camión: este es el nuevo debate, el nuevo problema identitario cuyo resultado ciertamente puede interesar a bastantes leoneses, y castellanos, ya que no se debe menoscabar a la ligera el sentimiento de pertenencia al terruño, a la tierra donde hemos crecido, pero cuya existencia en el tinglado español actual sabemos de sobra que servirá a los intereses de un partido u otro, una herramienta más de trueque entre profesionales de la política que pueden prescindir de cualquier patria, grande o pequeña, o de cualquier sentimiento identitario que pueda definirlos como legítimos representantes de todo el pueblo español.













