Hooliganismo político
El pasado 2 de mayo se vivió la escena vergonzante y vergonzosa de ver a todo un ministro intentar colarse en una ceremonia a la que no estaba invitado. Las cámaras vieron cómo el alto cargo intentaba acceder como si se tratara de la entrada a una discoteca, cómo la jefa de protocolo le cerraba el paso cual segurata, y cómo el ministro debía dar media vuelta. Vergonzoso.
Que la clase política española haya descendido a semejante nivel creo que debería mover a reflexión. Creer eso ya me sitúa en el lado de los ingenuos: en una democracia basada en los partidos políticos lo de menos es el nivel, sino saber trepar. Y para trepar hacen falta una serie de rasgos de personalidad donde lo de colarse ya viene de serie.
Entre una oleada de memes y chistes sobre tan infausto evento, los del PSOE, los progres, los fucsias y los que alardean de superioridad moral ideológica simplemente se dedicaban a criticar al gobierno autonómico madrileño. Dios me libre de posicionarme junto a alguien tan alejado de mí como la presidente de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, pero es que lo de esa gente huele mucho.
Se han dedicado a lamentarse, diciendo que aquellos que se alegraban de la escena no hubieran dicho lo mismo en otras autonomías y con otros políticos. Por supuesto. Los del otro lado, con razón o sin ella (y en este caso CON razón), hacen exactamente lo mismo que los progres llorones: no importa cómo, pero con mis colores siempre.
Los mismos que no se inmutan si hay políticos trabajando para separar una parte de España en Cataluña, o para blanquear la historia de una organización terrorista en el País Vasco, son los que critican que en Madrid quieran ir por su cuenta, o hablan despectivamente de “madrileñismo”. Son el perfecto espejo de los hooligans de la derecha que tienen enfrente.
Cuando Pablo Iglesias dice que los escoltas del ministro deberían haber hecho valer sus deseos (no sé si pistola en mano recordando buenos viejos tiempos), pasando por encima de todo, yo me pregunto en qué momento la legalidad o la ilegalidad está siendo socavada desde el mismo gobierno de la nación. Porque no olvidemos que ninguna institución está a salvo de cualquier partido o plataforma que desee apoderarse del Estado. Que algo sea impensable no significa que sea irrealizable.
Entre los hunos y los hotros, como decía Miguel de Unamuno, nos acabamos poder viendo abocados de nuevo a una locura colectiva (algo MUY contagioso), si no somos capaces de ir más allá del partidismo y del clientelismo, verdaderos cánceres que están gangrenando a España desde hace demasiado tiempo.













