El espejo afgano

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Tras el hundimiento del régimen títere instalado por los USA en Afganistán, tan rápido y fulminante que cuesta creer que no haya sido algo previamente pactado, hemos podido ver todo tipo de reacciones en nuestro entorno.

Si nos vamos hacia la izquierda del espectro político, vemos una extraña mezcla de indignación y rabia por la suerte que van a correr las pobres mujeres afganas (los hombres no, se ve que son intocables en todas partes...), al tiempo que intentan justificar el discurso oficial acerca de la diferencia con los muyaidines de los años 1980 respecto a los talibanes. El velo empodera en Europa y el burka esclaviza en Afganistán: esquizofrenia total.

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A la derecha, cuando los talibanes ni siquiera habían pisado Kabul, ya se oían los lamentos sobre las más que seguras avalanchas de refugiados, sobre la infiltración de talibanes entre nosotros, mostrando imágenes de jóvenes barbudos en masa en barco y avión cual enjambres.

Todos ellos lamentando sin excepción que, tras 20 años, que se dice pronto, los estadounidenses se hayan ido tras una más que vergonzosa derrota. Otra más de las ya numerosas que el imperio sufre tras la caída del bloque soviético. Pues tal y como me dijo un amigo: "Los yanquis ganan batallas, pero no guerras. Es decir, vencen enemigos pero ni establecen protectorados estables ni hacen amigos fiables."

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Los del "No a la guerra" lamentan que una guerra imperialista y depredadora haya terminado. Los adversarios del posmodernismo lamentan el triunfo de tradicionalistas radicales. Cada cual cae en contradicciones tremendas en sus discursos, cuando en realidad hace pocos días ni se acordaban de la existencia de dicho país y, por supuesto, desconocen la realidad de Afganistán: lo usan como espejo.

Si nos situamos ante un espejo nos vemos reflejados ante nosotros mismos. Por lo mismo, cada persona o grupo usa a los afganos para justificar su monotema: el miedo al inmigrante invasor, el miedo al machismo retrógrado. Pero en realidad a nadie le interesa la suerte de aquel pueblo, sus sufrimientos reales, ni intenta comprender nada.

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En esta época de pantallas solamente vemos nuestro reflejo, ya no hay ventanas a las que asomarse y respirar fuera de una atmósfera cada vez más enrarecida, irrespirable, hecha de caos, desconfianza mutua y competitividad extrema disfrazadas de autorrealización y oportunidades para el desarrollo personal.

Afganistán será olvidado en poco tiempo y se nos volverá a plantar delante otro espejo para que se repita la operación. Los que nos creemos tan avanzados ante sociedades consideradas por Occidente como "atrasadas", "tercermundistas" o incluso "medievales" vamos siendo engullidos por un desierto de espejismos en una ruta que lleva a ninguna parte. Y encima vamos con prisas.