El Barça gana en el Bernabéu: da igual cuándo leas esto

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La enésima conquista barcelonista del Bernabéu se fabricó de un modo peculiar. Todas las miradas de pavor se dirigían a Messi pero esta vez el argentino delegó el protagonismo. Un Barça pragmático y eficaz se metió en su sexta final seguida de la Copa gracias a la verticalidad de un Dembélé fundamental, a la puntería de un Suárez revivido, autor de dos goles, y a las paradas clave de Ter Stegen cuando la eliminatoria todavía estaba en el aire. Amagó el Madrid, con mucha voluntad pero con nula puntería, y pegó el Barcelona, que dosificó sus acometidas y las seleccionó con la precisión del cirujano.

Tres ocasiones, tres goles. Impresionante. Hubo momentos en que el campeón sufrió ante el entusiasmo blanco y el acoso de la grada pero recurrió a su experiencia y a ese sabor clásico del que conoce el camino del triunfo en terreno enemigo. No en vano es la cuarta victoria blaugrana en Chamartín en sus últimas cinco visitas. El equipo de Valverde ya espera rival para la final de Sevilla del 25 de mayo. 

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Un rústico mosaico saludó la salida de los dos equipos. En el mismo, emulando al juego del Comecocos de toda vida, un escudo del Madrid simulaba comerse al del Barça por la Copa del Rey. No se cumplió en absoluto. Al contrario, pero lo cierto es que el equipo blanco entró en acción dispuesto a poner la pierna fuerte, a exprimir el reglamento y a volar por los costados, en especial por el izquierdo, por donde irrumpía la centella Vinicius, que confunde la velocidad con la resolución de las jugadas, pero que es un martillo pilón por su vértigo y su insistencia. Ya lo decía una campaña publicitaria hace unos cuantos años: 'La potencia sin control no sirve de nada'. Si consigue templarse y regular su punto de mira será un gran futbolista.

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Ambos equipos exponían un once muy titular. Solari se decidió por seguir dejando sentados al discutido Bale y al veterano Marcelo. Valverde apostó por incrustar a Sergi Roberto en la medular y darle el flanco izquierdo a Dembélé, básico. Necesitaban los blaugrana marcar tras el 1-1 de la ida y para ello debían dotar de profundidad a su juego. Hasta el descanso sólo el francés le dio esa virtud al fútbol barcelonista, un punto soso, sin remate porque no tiró a puerta en toda la primera mitad y con Messi alejado del área dedicado a construir y a realizar aperturas a la banda de Dembélé y Alba. El extremó alternó errores infantiles en los controles en las entregas con regates brillantes, como uno ante Carvajal, y centros que debieron encontrar un destino. Pero ni uno que bajó Suárez y que abortó la defensa blanca ni otro que se paseó ante la puerta de Keylor Navas se transformaron en nada.

En el otro lado del campo el Madrid amenazaba mucho más a Ter Stegen. Corría Vinicius y le asistían Reguilón y Benzema. Semedo sufría una pesadilla porque le venían en superioridad y no recibía ayudas. El brasileño gozó de hasta tres ocasiones en esta fase. Dos las mandó arriba en posición favorable y la otra, tras una pérdida de Piqué, fue abortada por Lenglet antes de que el propio Vinicius le diera un pase certero a Benzema. Por suerte para el Barça Ter Stegen desbarató el remate del nueve blanco con el pie. Rugía el Bernabéu y los insultos al Barcelona se iban entonando desde la grada.

Lo mejor para el equipo de Valverde ante la segunda mitad era el resultado. No porque le diera la clasificación sino porque estaba muy vivo pese a su fútbol hasta ese momento insustancial, falto de riqueza y, sobre todo, de viveza. El árbitro dejaba jugar y el Madrid interpretaba que podía actuar con intensidad. Por eso se llevaba muchos balones divididos que obligaban al Barcelona a correr hacia atrás.

El equipo blaugrana necesitaba control pero también aceleración. La encontró en la segunda mitad gracias a su diablillo Dembélé. Alba conectó con él y el francés centró hacia Luis Suárez, que irrumpió para abrir el marcador de primeras. Jugada de tiralíneas que golpeó en el mentón del madridismo. Primer tiro entre palos del Barcelona y la eliminatoria ya pintaba de blaugrana.

No se rindió el Madrid, que tocó a rebato pero siguió con sus fuegos de artificio. Jugadas de calidad y desborde pero no daban con la red. La más clara en este tramo fue una ocasión de Reguilón tras el enésimo regate de Vinicius. Su remate lo salvó, inmenso, Ter Stegen. A continuación fue Semedo el que rescató a su equipo al desviar otro intento de Vinicius.

Se mascaba el empate. En cambio llegó el segundo gol del Barcelona tras un servicio de Semedo a Dembélé. El extremo centró y, antes de que Suárez, embocara a placer Varane se introdujo el balón en su propia portería. La semifinal estaba vista para sentencia y se terminó de definir en un plisplás tras un penalti claro de Casemiro a Suárez.

El uruguayo, nada que ver con el de la primera parte, lo transformó con un punto de vacile, al estilo Panenka después de que Messi le cediera el honor de lanzar la pena máxima. No todos los días se logra un hat-trick en el Bernabéu.

Tres tiros a portería (o dos porque el 0-2 fue en propia puerta) y el Bernabéu convertido en un desierto emocional. Tres azotes mayúsculos para un Madrid que había parecido más saludable, con más gancho y remangue. Hasta que Dembélé, Ter Stegen y Luis Suárez, esta vez espinazo azulgrana, pusieron al Barça en órbita y le mandaron al garete.

Crónica original: La Vanguardia