El Atlético de Madrid, Supercampeón de Europa

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El Atlético se fue hasta Tallin para dejar atrás su última frontera. Superar al Real Madrid en Europa, lo que nunca había ocurrido, lo era. El equipo de Simeone, efectivo, hambriento, ilusionado en lo que parece el inicio de una época incluso más ambiciosa, conquistó la Supercopa, la tercera de su historia, para confirmar su extraordinario crecimiento, su espíritu inconformista, su vocación por dominar. Nadie había ganado una final internacional a los blancos en los últimos 18 años. El imposible lo hizo el Atlético, crecido en lo emocional pese a los golpes del pasado, tras un partido parejo, disputado, veraniego, resuelto en la prórroga ante un rival que jugó bien, pero que regaló demasiado. El Madrid empezó a malvivir sin Cristiano. Sólo fue un partido oficial sin el delantero portugués, un partido estival, pero perdió. Adiós al primer título de la temporada en el estreno de Lopetegui, que tampoco pudo emular a Zidane. Una nueva era. Para el Madrid y, por supuesto, para el supercampeón, el Atlético.

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Más ambiente rojiblanco en la ciudad, en el estadio y en el césped también, con mucho más interés del Atlético en el arranque. Serían las ganas de revancha o la intensidad propia, pero sus primeros cinco minutos sofocaron al Madrid, desperezándose aún en el 0-1. Ni 50 segundos llevaba la Supercopa de Europa cuando Diego Costa ganó un balón por arriba a Sergio Ramos, dos pasitos por detrás en la disputa. Toque hacia atrás del ariete, carrera de bisonte hacia el área, suspiros de Varane, lento, y zapatazo a la red. Keylor Navas quedó regular, por entrar la pelota por el palo donde intentaba tapar. El estreno de la temporada continental se descorchaba a lo grande para euforia de la hinchada atlética, superior a la vecina, y del banquillo huérfano de Simeone, enjaulado en un palco. Su socio, el Mono Burgos, pegó un pequeño salto para festejar ese arañazo tempranero que suele ser gloria en una final.

El golpe dejó grogui durante un rato a los blancos, con Lopetegui desgañitándose desde la banda y la defensa aún preguntándo por dónde se había colado con esa facilidad Costa. El nuevo curso, el fantasma de la ausencia de Cristiano, las piernas pesadotas... Muchas cosas rondaron en ese momento la mente de los madridistas, en el césped y en el palco, además del incordio de verse por debajo del marcador ante la escuadra más impenetrable del continente. Su alivio fue que muy pronto el Atlético prefirió apoyar la espalda que empujar con el pecho a un rival aturdido. No es la primera vez que lo hace Simeone en una final.

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La cesión de terreno sirvió al Madrid para activarse, entre contundentes cortes de Casemiro. Sin Luka Modric y con Isco algo difuso, le tocó a Toni Kroos poner orden en el centro del campo, abriendo de izquierda a derecha con ese toque de balón seco que suena pala de playa. Una apertura la aprovechó Bale para tomarle medidas a Lucas Hernández, tan tierno de entrenamientos como Griezmann, ausente. El galés mostró ya el buen zanco exhibido en la pretemporada. Por la otra banda, Marcelo complicaba el debut de Lemar, el gran fichaje rojiblanco. Poco después, Simeone (el Mono) le cambió a la izquierda para que Koke frenara al brasileño.

El lateral zurdo había puesto la primera oportunidad a Asensio, astuto para rematar de tacón. Apareció Jan Oblak. Paradón abajo. A esas alturas, Ramos y Costa ya acumulaban dos choques aéreos y sendos dolores de cabeza, reclamada la amarilla para el blanco en la primera. No encontraba salida el Atlético, sin parecer importarle mucho, cómodo en el despeje de las llegadas blancas, cada vez más constantes. La fórmula le falló, a pesar de tenerla bien afinada en estos últimos años, y el Madrid empató antes de la media hora gracias a otra cabalgada bárbara de Bale por la derecha. Se la echó larga y Lucas quedó mirándole el dorsal. En línea de fondo, el británico dibujó un centro con la derecha espléndido, con efecto plátano al estilo Míchel, que Karim Benzema remató a la red en el segundo palo. Gol de delantero puro, de aire acristianado, que viene de cine al francés ahora que está obligado a elevar (mucho) su rendimiento anotador. 

Al momento, Asensio tuvo el segundo en una buena salida y remate ajustado. El Atlético sólo recompuso la figura cuando Rodri se quitó de encima la timidez. Una arrancada suya, con la frente arriba y valentía, hizo recuperar el ánimo al fondo de su afición. Hacía tiempo que no tenía el equipo rojiblanco un mediocentro con tan buen aspecto. Lleva el 14, pero nada tiene que ver con Gabi. Gracias al canterano los suyos espabilaron camino del descanso, aunque sin presencia ante Keylor. Esa leve reacción continuó en el comienzo de la segunda parte, sin que se tradujera tampoco en peligro para su rival, reforzado muy pronto con Modric. No le importó a Lopetegui que apenas llevara una semana de entrenamientos. Mejoró Isco con el croata, mientras el cansancio estival notando en ambos aspirantes.

Más insistente el Madrid, tuvo premio gracias a una inocente acción de Juanfran, otra vez desafortunado en una final ante su ex equipo. Sacó la mano como Piqué en Moscú y Sergio Ramos, de penalti, cumplió con otra costumbre: marcar al Atlético en una final. Pero esta vez, el capítulo de esta serie interminable de derbis europeos tuvo un giro diferente, porque los de Simeone supieron rehacerse cuando apretaba el reloj. Le ayudó Marcelo, al asistir a Juanfran cuando intentaba salvar una pelota de la banda. El lateral entró rápido en el área, la dejó al culebreo de Correa y Costa remachó en el área pequeña el 2-2.

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Acababa de marcharse Casemiro al banquillo cojeando. Agotados ambos equipos, en el frenesí final faltó temple para sentenciar. Marcelo, pifió el remate ante Oblak, en la última jugada, de media chilena en el minuto 93. Sí, en el 93. Prórroga, otro territorio habitual en estos duelos. Tras Lisboa y Milán, el Atlético se llevó su alegría en Tallin. No es lo mismo, pero a los rojiblancos les supo a gloria.

Ramos y Varane se pusieron a pasarse el balón en la frontal. Thomas, el mediocentro rojiblanco, que había entrado fresco desde el banquillo, le ganó la partida, se la quitó al central y le robó la cartera para dársela a Saúl, que marcó de volea un gol extraordinario. El Madrid, que estaba siendo ligeramente superior, se desplomó. Y Koke, seis minutos después, le dió la puntilla y anotó el cuarto. El Atlético había resistido hasta la victoria. Había alcanzado su karma. El delirio. A la tercera, el Madrid por fin había doblado la rodilla. El cielo de Europa volvía a teñirse de rojiblanco. El Atleti ya es el nuevo Supercampeón de Europa.