Europa, Rusia y las cicatrices del pasado

El arte de la guerra se basa, ante todo, en la impostura. Cuando unos militares (en Países Bajos) organizan ejercicios para levantar campos de concentración destinados a prisioneros de guerra rusos, nadie va a decir que se está preparando una guerra a gran escala: se hablará de entrenamiento necesario, de medida defensiva y, sobre todo, de gesto humanitario. Pero el lenguaje no engaña del todo. Si los prisioneros previstos son específicamente rusos, es porque ya existe, en algún cajón de algún ministerio, una guerra contra Rusia. El enemigo no se improvisa: se señala con tiempo.

resenas-de-casinos

Ese señalamiento no es casual. Forma parte de la doctrina de unas élites políticas europeas que se han vuelto totalmente sumisas a la lógica unipolar estadounidense, y que dedican un esfuerzo propagandístico considerable a sostenerla. La amenaza rusa les resulta, en este sentido, doblemente rentable: por un lado, les permite ganar puntos ante sus verdaderos amos, Washington y los mercados financieros globales, deseosos de poner sus manos sobre los recursos rusos; por otro, mantiene a la población en un estado de miedo latente que neutraliza cualquier reacción ante el deterioro de sus condiciones de vida, ya que toda dificultad (energética, económica o social) puede atribuirse cómodamente a las maquinaciones de Rusia y de sus aliados, China e Irán.

Conviene preguntarse hasta qué punto esta arquitectura del miedo recuerda a episodios ya vividos en Europa. Hay, de hecho, dos paralelismos históricos, que son también dos divergencias. El primero es ideológico: en los años treinta, la URSS era la sede de la Internacional Comunista, que dirigía a unos partidos comunistas europeos sumamente disciplinados con Moscú; hoy, el centro de gravedad ideológico se ha desplazado a Occidente, convertido en sede de un globalismo wokista, derechohumanista y liberal que opera a través de ONGs y de grupos afines empeñados en descomponer países desde dentro hasta que sus gobiernos terminan sometiéndose a las directrices de Washington y Bruselas. Frente a ese proyecto, Rusia se presenta como un bastión conservador y tradicional, donde la familia y la comunidad conservan todavía algún peso.

Rusia Hoy

El segundo paralelismo es más incómodo, porque remite directamente al proyecto de invasión y colonización del Tercer Reich, ya anunciado sin ambages en el Mein Kampf de Hitler, donde se describía a los rusos y a los eslavos en general como una raza inferior cuyos territorios debían servir al espacio vital (Lebensraum) y sus recursos al pueblo alemán. Hoy la retórica racista explícita ha desaparecido, pero la crítica a Rusia descansa sobre una premisa de fondo muy similar: la superioridad de la democracia liberal de matriz occidental como único régimen admisible en el planeta, llamado a civilizar y hacer progresar a los pueblos que no han tenido la fortuna de ser democráticos como los occidentales. De ahí se deriva la conclusión de que Rusia debe ser democratizada (léase colonizada) y fragmentada para que, nos dicen, todos sus pueblos vivan en libertad. Esa idea seduce hoy a no pocas personas en el mundo, igual que sedujo en su día a los voluntarios europeos que fueron a luchar a Rusia contra el comunismo internacional sin advertir que no eran sino carne de cañón del imperialismo alemán. El imperialismo de hoy es, simplemente, occidental.

¿Cómo se percibe a los rusos en este escenario desde los países bálticos? Sería más justo preguntárselo a un ciudadano báltico, y seguramente las respuestas serían de lo más variado. Pero es difícil no advertir la enorme presión mediática que empuja a presentar al ruso como un ser maligno acechando en la frontera. Basta observar lo ocurrido (y lo que sigue ocurriendo) en Ucrania, donde el odio nacionalista contra Rusia ha llegado al extremo de convertir en héroes nacionales a colaboracionistas de la Segunda Guerra Mundial, bajo el argumento de que simplemente aprovecharon la oportunidad que les ofrecía la invasión alemana. En los países bálticos existen museos y homenajes a veteranos antibolcheviques de aquella misma guerra: una actividad que, en el resto de Europa, sobre todo en Alemania o Francia, sería perseguida sin contemplaciones, pero que aquí se tolera porque cumple una función muy concreta, la de levantar un muro mental frente a Rusia. No es muy distinto de cuando Washington apoya a islamistas radicales en función de sus intereses puntuales, sin que le importe el daño cultural y emocional que ese apoyo deja a su paso.

Apuestas Deportivas

La política báltica está, en efecto, plenamente alineada con los intereses de la Unión Europea y con su deriva belicista, y esa alineación se traduce en una rusofobia que opera a dos niveles. A nivel institucional, mediante el borrado sistemático del pasado soviético (nombres de calles, monumentos) y la construcción de un relato histórico victimista en el que ellos son siempre la víctima y Rusia siempre el verdugo, pese a que el nivel de vida de aquellas repúblicas en aquella época no tenía mucho que envidiar al actual; hoy, con propiedad, son colonias de un imperio. A nivel social, la discriminación hacia los rusos de origen es igualmente evidente: desaparición de la lengua rusa en las escuelas, exigencia de un dominio fluido de los idiomas locales para renovar la ciudadanía, requisito que ha convertido en apátridas a numerosos letones o estonios que llevaban viviendo allí cuarenta o cincuenta años. Personas que ayer eran simplemente vecinos hoy son no-ciudadanos, o directamente sospechosos de ser agentes de Moscú. Sólo falta que les cosan una estrella en la ropa.

Este nacionalismo extremo, por lo demás, no es exclusivo del Báltico ni de Ucrania. Cuando se oye a ucranianos o bálticos reivindicarse como europeos frente a unos rusos presentados como asiáticos, con la lengua como eje diferenciador, resulta difícil no reconocer el mismo discurso que sostienen ciertos nacionalistas catalanes, que se ven a sí mismos como europeos y genéticamente carolingios frente a unos «españoles» retratados como atrasados, oscurantistas, autoritarios y africanos. Es, en esencia, lo mismo que se dice de Rusia, aplicado a otra frontera.

sugar-daddy

Y ahí radica el verdadero peligro: cualquier persona, étnica rusa o no, que discrepe en los países bálticos de ese nacionalismo extremos alentado desde Occidente, cae en la espiral del silencio, el boicot, la muerte social. Porque antes de llegar a los campos de concentración, siempre es necesario legitimarlos primero en las mentes.