La fábrica de sueños... repetitivos
He visto con estupefacción que han hecho la segunda parte de la película “El diablo viste de Prada”. Que es una película de 2006, es decir, de hace 20 años… Con lo cual constato que sigue la lamentable tendencia de los últimos años: todo son secuelas, precuelas, remakes, spin-off. O, dicho de otro modo, no hay nada original porque nadie arriesga en producciones e ideas cuyo resultado es incierto.
La década de 1980 fue fértil en ideas por parte de la mayor industria occidental del cine, la estadounidense. Todas las propuestas comerciales eran ideas realmente atrevidas desde nuestra perspectiva actual. Estudios, guionistas y directores parecían competir por presentar el producto más original, arriesgando realmente.
Por supuesto, contaban con el respaldo de una gran promoción en todos los medios, con un mercado cautivo sobre el que iban a arrojar todo su material. Aparte de la TV, no tenían con quien competir realmente, y luego en los videoclubs las cintas de esas películas serían alquiladas masivamente. Pero, si una película no gustaba, no gustaba. Y si gustaba, la idea de la explotación masiva surgía y se hacía una segunda parte, y si seguía funcionando, pues una tercera e incluso más. Hasta que la idea moría por desgaste y por el poco cuidado de una producción que creía que el producto se vendía solo.
Lo que caracteriza a nuestra cinematografía actual, y que también afecta a otros mercados aparte del occidental, es que solamente se invierte en ideas que ya funcionaron o que se pretende que sigan funcionando. De ahí una esterilidad creativa espantosa. Hacer la segunda parte de una película que funcionó hace 20 años no es la excepción. Ahora todo son “universos” con las películas de superhéroes, que además explotan la nostalgia de los consumidores con mayor poder adquisitivo que pasaron su infancia leyendo tebeos en los años 1980; biografías como la de Michael Jackson (otra vez los años 1980); las películas de la saga Torrente, inaugurada en el siglo pasado; dramas existenciales de homosexuales, feministas o inmigrantes (propaganda subvencionada); o simplemente comedias o de terror que siguen unos parámetros mil veces empleados en otras producciones (y que se sabe que funcionan).
El cine yanqui de los años 1980 era palomitero y era pura y dura colonización cultural, pero al menos cumplía con el mínimo existencial de toda película: entretener.
Claro que se puede pensar que esto es el pataleo de un señor maduro que siente nostalgia por “sus tiempos” y que ahora funcionan otros esquemas. Es posible. En todo caso, sólo constato algo que creo está delante de nuestros ojos, y que mi experiencia me ayuda a ver desde su perspectiva: la experiencia cinematográfica ha pasado de ser la degustación de un menú más o menos bien elaborado a un comedero con pienso para engorde masivo… de los beneficios de las productoras.













