¿Se acabará la broma?

Xavier García Albiol, candidato del Partido Popular de Cataluña a la Presidencia de la Generalitat en las elecciones del 27 de Septiembre, pronunció una frase rotunda con el estilo directo que le caracteriza en el momento en el que el portavoz de su formación en el Congreso depositaba en el registro de la Cámara la proposición de ley sobre nuevas atribuciones del Tribunal Constitucional. La frase fue "Se acabó la broma", aludiendo a la posibilidad de que el supremo intérprete de nuestra Ley de leyes pudiera en su función jurisdiccional imponer pena de inhabilitación a los representantes públicos que desobedezcan sus sentencias.
Las palabras del ex-alcalde de Badalona implican que a) hasta hoy la broma se ha permitido e incluso alentado durante tres décadas y b) que ya no va a haber más benevolencia ni pasividad por parte del Gobierno central y que éste va a utilizar los instrumentos a su alcance, legales e incluso físicamente coactivos si hiciera falta, para preservar el ordenamiento imperante en todo el territorio nacional. Por lo menos, eso es lo que han entendido los millones de españoles que escucharon la tajante afirmación, aviso a navegantes descarriados y a separatistas díscolos.
Los que conocemos a García Albiol desde hace muchos años sabemos que si de él dependiera determinadas tonterías no se iban a tolerar ni un minuto más, pero por desgracia quién se sienta en el despacho principal de La Moncloa no ha demostrado jamás una gran capacidad resolutiva. Aunque las cosas han andado tan lejos que una salida no traumática del embrollo catalán ya no es posible, sí es cierto que un Presidente del Gobierno de España merecedor de ese nombre y dotado, por tanto, del coraje y la claridad de ideas requeridos, todavía podría enderezar in extremis el rumbo torcido de los acontecimientos.
Imaginemos que las urnas catalanas proporcionan una mayoría absoluta a la suma de las dos listas explícitamente independendistas, Junts pel sí y la CUP, y que este conglomerado heterogéneo y confuso consigue forjar un acuerdo sobre la persona a la que investir cabeza del Gobierno catalán, que es mucho suponer, y que a continuación el nuevo Parlamento autonómico aprueba una resolución declarando unilateralmente e ilegalmente la república catalana independiente. Por supuesto semejante declaración sería un acto jurídicamente nulo en el marco de la Constitución de 1978 que el Tribunal Constitucional, a requerimiento del Gobierno central, invalidaría rápidamente. Si, pese a la decisión del tribunal competente, el Gobierno secesionista siguiese adelante con sus planes de desconexión y entrase en una fase de desobediencia a la autoridad del Estado, o bien el mismo Constitucional inhabilitaría al Presidente de la Generalitat o el Gobierno central procedería a aplicar el artículo 155 de nuestra Norma Suprema dictando a los órganos autonómicos las instrucciones pertinentes para restaurar la legalidad vulnerada, Si incluso en este contexto, el Gobierno separatista se empecinase en ignorar el marco normativo vigente, no habría más remedio que recurrir a la fuerza legítima del Estado para poner en vereda a los rebeldes.
Confiemos, sin embargo, en que Rajoy al final sepa cumplir con su deber y que la exhibición de firmeza de su candidato en Cataluña no quede en un simple deseo desesperado de un secundario.
Y es llegados a este punto donde la enérgica aseveración de García Albiol sería puesta a prueba de manera definitiva. La pregunta que surge inquietante es: ¿Existen en Mariano Rajoy los redaños suficientes y la solidez de convicciones indispensable en un trance de esta naturaleza para coger las riendas con coraje y terminar, efectivamente, con una pantomima que resulta ya insoportable por disparatada y ridícula? Esta es la clave de lo que suceda a partir del 27S y muy pronto sabremos la respuesta. La experiencia acumulada sobre el brumoso carácter y la tendencia a la inacción del personaje del que dependería el golpe de timón necesario para sortear los arrecifes que amenazan con descuadernar la nave común introduce serias dudas sobre el previsible desenlace de esta triste historia. Confiemos, sin embargo, en que al final sepa cumplir con su deber y que la exhibición de firmeza de su candidato en Cataluña no quede en un simple deseo desesperado de un secundario de la obra para materializarse en una realidad convincente a cargo del actor protagonista.
Alejo Vidal-Quadras | Publicado en el blog de VozPópuli












