Iglesias en el diván

¿Cómo se sabe si un periodista tiene aspecto de epistemólogo? ¿O de antropólogo? ¿O de arqueólogo? ¿O de podólogo? A la hora de intentar exhibir un humor inteligente por parte de alguien que no es capaz de citar correctamente ni un solo título de una obra de Kant, es posible decir bobadas monumentales. No existe un conjunto de rasgos faciales, corporales o de indumentaria que permitan caracterizar a alguien como cultivador de la Epistemología. Popper destacó en este campo y Miguel Boyer fue un gran aficionado a esta rama de la filosofía que se ocupa del conocimiento y nada en su rostro o su ropa o sus gestos podía denotar tal condición. Por tanto, afirmar de una persona que tiene pinta de epistemólogo es una estupidez sin paliativos y solamente se explica si lo que se pretende es demostrar una sutil e irónica inteligencia por encima de las masas y si el que lo hace no sabe de lo que habla. En otras palabras, este episodio absurdo demuestra que intelectualmente Pablo Iglesias es un bluff.
El joven profesor contratado de ciencia política de la Complutense no cuenta con obra publicada de mínima relevancia, pero lo suple con altas dosis de caradura. Se dirige a sus audiencias en tono pedagógicamente paternal, como si les hablara desde una reposada y serena sabiduría, cuando en su cabeza no hay más que un puñado de lecturas superficiales de pensadores marxistas superados. Sus amenazas apenas veladas a Álvaro Carvajal y a la prensa en general tienen una base política y una intención psicológica. La base es su totalitarismo, que le convierte en un peligro para las libertades, porque el líder de Podemos sostiene una idea de la sociedad en virtud de la cual el Estado ha de poseer el control absoluto de todos los resortes del poder, medios de comunicación incluidos. Y la intención es amedrentar a los que escriben sobre él y su organización con el fin de que se autocensuren a la hora de criticarles. Su siniestra sonrisa en el momento en que se dirigió a los representantes de la prensa presentes en su insulsa charla del pasado día 21 de Abril para observar que percibía miedo en sus miradas, prefiguraba lo que sería la libertad de expresión y de opinión en España si por desgracia ganara las elecciones.
Sus incursiones en el ámbito del psicoanálisis son asimismo de bajo vuelo, a un nivel meramente divulgativo. Las gracietas sobre la relación amor-odio que a su juicio mantiene Podemos con la prensa fueron de un narcisismo infantil rayano con el patetismo. Lo que vino a decir Pablo Iglesias es que los periodistas, esas plumas mercenarias que les denigran para medrar en sus empresas o bajo la presión de malvados editores capitalistas, pese a escribir negativamente sobre ellos, no pueden evitar sentirse atraídos -nos encuentran sexy, así lo describió- por su proyecto y por su carisma irresistible. Se supone que esta tensión interna entre la obligación de ponerles a caldo y el amor húmedo que les inspiran provoca a los informadores un terrible sufrimiento del que únicamente podrán liberarse si les cubren sistemáticamente de alabanzas. No se puede ser más obvio ni más desaprensivo al interaccionar con los medios, sobre todo después de que han sido éstos los que le han encumbrado fabricando a partir de materiales francamente pobres un personaje público que hoy hasta se cree capacitado para ser Presidente del Gobierno sin haber gestionado jamás una entidad digna de mención.
El hecho de que una opción política capitaneada por desechos de tienta de un mundo académico ya de por sí poco boyante, cuyas recetas para resolver los serios problemas económicos, sociales y morales que padecemos se han demostrado allí donde han sido aplicadas como el camino seguro a la pobreza, a la opresión y a la violencia, tenga serias probabilidades de convertirse en la principal fuerza de izquierdas en nuestro país pone de relieve la gravedad de la crisis que atravesamos.
Lo curioso de esta etapa decepcionante de nuestra historia como Nación es que nuestras dificultades están perfectamente diagnosticadas y sus soluciones nítidamente trazadas. Nuestra tragedia, tal como ha revelado el lamentable espectáculo de los últimos tres meses, es que padecemos una clase política impermeable a todo lo que no sea su propia codicia o su afán incontenible de poltrona.
>>>>> Alejo Vidal-Quadras. Publicado en el diario VozPópuli












