Cuestión de tamaño; por Alejo Vidal-Quadras

En el debate sobre las consecuencias de todo orden que una separación de España tendría sobre Cataluña, se ha manejado el argumento del tamaño. Los pequeños no cuentan en Europa, se ha dicho, en un intento de disuadir a los catalanes de emprender aventuras independentistas por el peligro de pasar a la irrelevancia frente a las instituciones comunitarias. En una polémica de esta naturaleza, tan contaminada por las emociones, resulta clave trasladar la discusión al plano racional, pero con una condición: que los planteamientos que se hagan sean imbatibles precisamente en el terreno de la realidad.
El enfoque del tamaño no es el más adecuado, me temo, desde esta perspectiva. En primer lugar, está teñido de menosprecio hacia socios nuestros como Chipre, Malta o Luxemburgo, que forman parte de la Unión en igualdad de derechos y deberes con nosotros. Tampoco es cierto que el hecho de ser pequeño, o incluso minúsculo, constituya un obstáculo para influir en Bruselas. Si se aportan ideas o personas valiosas, es posible ocupar puestos de gran relevancia u orientar las estrategias conjuntas, por modestos que sean el peso demográfico o la extensión geográfica. El proyecto secesionista de los nacionalistas catalanes es un disparate económico, social, cultural e histórico, y llevaría a Cataluña a la ruina material y a la marginación internacional, pero no por una cuestión de kilómetros cuadrados o de millones de habitantes, sino por los efectos negativos perfectamente estudiados que semejante error tendría sobre la vida de los ciudadanos del Principado, que verían seriamente reducida su renta per cápita, su prestigio en el mundo y su armonía interna.
Una Cataluña desgarrada de España de manera unilateral caería en un declive profundo que se prolongaría a varias generaciones, por lo que evitar tal catástrofe es del mayor interés, pero no para el resto de los españoles, sino sobre todo para los propios catalanes. Esa ha de ser la línea de razonamiento por parte del Gobierno, y no las objeciones infundadas, que facilitan la tarea demagógica de los separatistas y sus corifeos.












