Aquiles y el déficit

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La más conocida de las paradojas de Zenón de Elea es la de Aquiles y la tortuga, según la cual el héroe, prodigio de agilidad y fuerza, jamás alcanzará al lento quelónido si éste parte en la carrera con una ventaja inicial en recorrido. Este desafío a la razón y a la evidencia puede ser resuelto de diversas formas, siendo la más elegante la que se vale del cálculo infinitesimal, desconocido para los griegos del siglo V antes de Cristo. Los esfuerzos del Gobierno y de las Comunidades Autónomas para reducir el déficit y la deuda que les aplastan recuerdan la inquietante formulación del célebre sofista. La Administración central del Estado ha rebasado ya el nivel de desequilibrio presupuestario marcado para todo el ejercicio y el endeudamiento total sobrepasará también las previsiones, alcanzando probablemente al final de año cotas peligrosamente próximas al 100%.

Parece como si la Hacienda pública corriera tras sus objetivos de tal manera que el gasto siempre fuera por delante por deprisa que se mueva Cristóbal Montoro y por intensas que sean las medidas de austeridad de las Autonomías. Al igual que el paralogismo de Zenón se desmonta con un sencillo tratamiento mediante instrumentos de matemática elemental, el obstáculo contra el que choca Moncloa en su permanente porfía por controlar la sangría de sus arcas -70000 millones de diferencia actualmente entre lo que sale y lo que entra- puede ser vencido en el momento en el que los partidos políticos presentes en al Congreso reconozcan que la dificultad radica en la estructura y no en lo que la estructura nos cuesta. Hemos construido un tinglado institucional y territorial que no podemos sostener con los recursos que generamos y por grandes que sean los recortes no habrá forma de parar al monstruo que nos devora. Hay que revisar a fondo el tamaño del edificio, no basta con hacerlo más eficiente. Se comprende que para una clase política acostumbrada a vivir sobre el supuesto de que el grifo fiscal mana siempre abundante y que ha consolidado sus modos de beneficiarse del trabajo de los españoles de acuerdo con tal hipótesis, la resistencia a aceptar que se han acabado los días de vino y rosas sea muy grande. Sin embargo, como sucede invariablemente cuando se retrasa lo inevitable, la dura realidad se impondrá al final, aunque su triunfo será mucho más traumático que si hubiera sido reconocida a tiempo.

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