Pueblos de Guadalajara compiten para ver quién trae al toro más grande

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Las fiestas de los pueblos son la semana más especial de todo el año para cada municipio. Las calles se llenan de banderas españolas, europeas y de la comunidad autónoma a la que se pertenezca. Se respira aire de fiesta y resuenan en las peñas la música de las canciones del verano desde 2017 hasta los años 60. Se pasa de 'Despacito' a 'La Barbacoa' en un segundo. Nadie se alerta de ello. Las neveras viejas, que solo se usan esa semana para enfriar la bebida, se llenan de cerveza y de algunos alimentos, que provocarían el terror de los nutricionistas.

Las calles se refuerzan con talanqueras, unas de hierro y otras de madera, para que se pueda ver el encierro. Imprescindible en cualquier fiesta patronal, sino hay toro no hay fiesta.

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Se forma alrededor de estos festejos un auténtico ritual. Cientos de personas, que muchas veces superan el millar o los dos millares, se juntan con sus coches, caballos y a pie para ver a los toros correr por el campo. Esto es algo muy castellano, los encierros por el campo son poco conocidos fuera de las fronteras de Castilla.

La mecánica es muy simple, se sueltan a los astados, que dependiendo del poder adquisitivo del pueblo serán uno o cuatro. Las bestias saldrán al campo desde los corrales y por allí campan a sus anchas, envisten contra un coche, aceleran a por los mozos que están encima de los paquetes de paja o persiguen a los caballistas. Así durante dos horas. Después de eso, se intenta devolver a los astados a la plaza. De no tener éxito, deben encontrar la muerte en el campo, generalmente con un disparo de rifle o con una descarga eléctrica para que sea algo instantáneo y sin dolor.

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Hay que decir, que en estos encierros está prohibido tirar piedras, acercarse al toro con el coche y solo se permite correr a pie o a caballo. No se clavan lanzas, ni banderillas. Se deja andar y correr al animal con el único fin de verlo lo más cerca posible.

Los toros de Guadalajara

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Si hay una provincia donde estos festejos son venerados esa es Guadalajara. No puede haber fiesta sin encierro. De unos años a esta parte la provincia alcarreña está viviendo una moda curiosa. Cada vez los vecinos piden a sus alcaldes que compren toros más grandes. Ya no les vale un novillo de 400 kilos, quieren un toro de 600 más propio de una tarde en Las Ventas.

Cuanto más grande mejor, cuanto más bonito mejor y si encima es de una ganadería de renombre, mejor. En el caso de Atanzón, un pueblo minúsculo de 81 habitantes. Sin embargo, cuando llega la última semana de agosto en el pueblo de la Alcarria tiran la casa por la ventana y compran un toro de Victorino Martín.

Un toro bravo cuesta entre 3.000 y 15.000 euros, dependiendo del tamaño del toro, de si no tiene defectos y, por supuesto, de la ganadería a la que pertenezca. Un toro de Victorino probablemente cueste unos 5.000 euros el más barato y siendo optimistas.

Sin embargo, así es Guadalajara. El precio no importa, importa el tamaño y el hierro de cada ganadería. Otros pueblos como Brihuega, que tiene el encierro por el campo más famoso de Guadalajara y de casi toda Castilla la-Mancha, es probable que desembolse cada año más de 30.000 euros en toros. Al igual que su pueblo vecino, Torija, que cada temporada se gasta buena parte de su presupuesto en toros.

No hay una competición como tal, pero es bien sabido que todos los pueblos pelean por ver un toro grande y por tener el mejor encierro. Aunque parezca algo de películas de 'Cine de Barrio', el tiempo no pasa por Castilla.