Aún creíamos en el milagro pero no ha podido ser. Tenemos unos ángeles en la tierra que se entregan minuto a minuto, sin descanso, renunciando a su vida, a su familia porque alguien en peligro se convierte en su familia en ese instante.
En España no hay una creciente conciencia provida porque todas las instituciones del sistema, de una manera u otra, han ido manipulando esa conciencia para que se tolere el aborto. Es más, está mejor visto, defendido por ley y subvencionado el apoyar el asesinato de los más de 2.000.000 de niños desde que en 1985 los llamados demócratas y constitucionalistas aprobaron este crimen, que el oponerse a él. Y no sólo por las tendencias ideológicas ligadas a la izquierda, sino por las llamadas de derecha. Siempre he dicho que el mayor y más siniestro éxito de este sistema es el haber convencido al ser más perfecto de la creación, que es la mujer, de que no sólo no debe luchar por defender la vida de su hijo con todas sus fuerzas, como es lo natural, sino que consiente e incluso paga porque se asesine a su hijo. Un sistema que ha conseguido esto, puede conseguir todo lo que se proponga, por muy aberrante que sea, y así nos va en España.
La violencia no cesa en Cataluña. Los ataques de los conocidos grupos CDR siguen en la región española. El clima es ciertamente muy tenso, pero a Sánchez no parece importarle ni lo más mínimo, ya que intenta desvirtuar la grave situación quitando hierro al asunto y dando más concesiones a los separatistas.
La política es una mezcla de convicciones y ambiciones personales. Las ideas y los principios son sin duda muy relevantes, pero no hay que descuidar nunca el manejo correcto del factor humano. Pablo Iglesias, el líder omnímodo y carismático -así es como se ve a sí mismo- empieza a notar cómo el suelo tiembla bajo sus pies. El mazazo que ha recibido en la paz idílica de su chalé serrano, mientras cuida amoroso de sus gemelos, le ha sorprendido y casi le ha noqueado. De la misma forma que es muy peligroso dejar las decisiones sobre economía exclusivamente en manos de economistas, confiar la política en exclusividad a los politólogos suele dar malos resultados.
En 1961, el primer ministro británico Mac Millan, solicitó el ingreso de su país en aquel Mercado Común Europeo. Dos años después, el general De Gaulle puso el veto y Gran Bretaña no entró. Lo volvió a pedir el primer ministro Harold Wilson y, como ya no estaba De Gaulle en la presidencia francesa, Gran Bretaña terminó entrando en 1973. Grandísimo error comunitario.