
Por supuesto que hemos perdido libertad, buena parte de la que nos quedaba que no era tanta como nos decían, ya que el sistema antes de la pandemia te decía lo que tenías qué consumir, qué hacer, qué leer, qué ver, qué escuchar, qué decir y hasta qué pensar, pero al menos había cierto margen para la disidencia, disidencia que ya era satanizada, censurada y reprimida pero con cierta libertad de movimientos que aún no eran considerados ilegales, aunque cada vez había más legislación represora contra los de siempre, más jueces dispuestos a aplicarla y más prensa del sistema servil y lacayuna encantada de jalearlo para que el pueblo reconociera como muy peligrosos y como sus enemigos a compatriotas que usaban romper los dogmas de lo políticamente correcto.

Twitter es una multinacional privada como todos sabemos, aun así, desde mi punto de vista no debe estar exenta de las críticas, sobre todo, si tenemos en cuenta que discrimina por ideología, pese a mostrarse a favor de la libertad de expresión ¿qué contradicción verdad? Sin ir más lejos, a mí mismo en mi cuenta de Twitter, aunque no he insultado a nadie me han bajado las impresiones de manera temporal para que tenga menos repercusión en todo lo que comparto, porque resulto incómodo para el Gobierno social-comunista de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, lo que considero un ataque directo a la libertad de expresión.

Es difícil comprender la política española donde se dice una cosa y se hace la contraria. La capacidad de sorpresa de los españoles es inagotable. Nunca acabamos de acostumbrarnos a dichos y hechos donde la ficción supera a la realidad. La gran mayoría de los políticos en España son poco fiables, con discursos grandilocuentes, impostados, rotundos y con una cierta pose de suficiencia con la que se trasmite una seguridad y una confianza que luego no se corresponde con la verdad.

Los españoles no damos crédito a la incompetencia que estamos sufriendo con la gestión del coronavirus, también llamado comunistavirus, pero, sobre todo, al gigantesco latrocinio del dinero público que están pergeñando, mediante una tupida red de “intermediarios”, desde una gestoría de Málaga sin prácticamente actividad, pasando por un “empresario” de Zaragoza, de dudosa reputación, unas firmas catalanes –siempre Cataluña, se nota que el ministro de sanidad es catalán-, de escasa importancia, y dedicadas a actividades que nada tienen que ver con la comercialización de material sanitaria, etc.

Giorgio Agamben siempre nos ha ido iluminando con precisión. Durante estos días, aún más. Los gobiernos, amparados por los medios de comunicación/intoxicación de masas, recurren al miedo y la paranoia para proclamar estados de excepción: militarizar la vida de las personas y someter a la población mediante despóticas decisiones. Las nobles excusas. Lleva Agamben tiempo señalando la "tendencia creciente a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno". Afirma tajante que el coronavirus es el nuevo pretexto para hacerlo, una vez "agotada la excusa del terrorismo".

Sí, que siga la fiesta: tras 50 días de cuarentena, empieza lo que los medios y la clase política española llaman “desescalada”, término incorrecto de origen anglosajón. Con lo sencillo que era descenso… Pero a lo que vamos, la fiesta siguió desde entonces y no hay motivo para que pare ahora.