Los Diez Mandamientos; por Pilar Rahola

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Aunque hay más de 600 Mitzvot o mandamientos divinos en la Torá, no hay duda de que son los Diez Mandamientos los que se han convertido en el eje troncal de la cultura judeocristiana. El famoso decálogo bíblico que fue entregado a los humanos por voluntad divina en el monte Horeb o monte Sinaí es la base que ha permitido construir nuestra modernidad.

Osaría decir que es el texto más importante que tenemos en la civilización occidental. Y si religamos los Diez Mandamientos con la Carta de Derechos Humanos, tenemos el hilo rojo que empieza en el Sinaí, pasa por el código romano y Spinoza, aterriza en la revolución francesa y acaba con la Carta. Los occidentales somos esos textos, y todo lo bueno que hemos dado a la humanidad tiene que ver con los valores que contienen. Es más, si mañana se fundieran los principios de la libertad, sólo con este hilo rojo podríamos volver a levantarlos. Los Diez Mandamientos son, pues, un relato de fe para los creyentes, pero también un código civil que permitió construir, hace miles de años, una sociedad moderna. Gracias al "no matarás", al "no robarás"..., los humanos entendieron cuáles eran las reglas básicas de la convivencia.

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Todo este preámbulo es a tenor del documento Unas humanidades con futuro, que presentaron en can Cuní el presidente del IEC, Salvador Giner, y el decano de la Facultat de Teologia, Armand Puig. En el documento reivindican el papel de las humanidades en la formación académica, pero también moral de las personas, y recuerdan que una cultura que pierde sus referentes pierde su identidad. En coherencia, también alertan de la deshumanización que se va produciendo en los temarios educativos, como si fuera más importante conocer el disco duro de un ordenador que los principios morales que nos avalan como sociedad. Sus reflexiones son acertadas y necesarias, y si he querido empezar este artículo con el texto bíblico ha sido porque creo que es en los Diez Mandamientos donde empezó todo, ellos son la base que todavía nos permite mirarnos a la cara. No seré yo quien anime a leer la Biblia desde la perspectiva religiosa, dado que la fe es una cuestión personal. Pero sí que creo absolutamente necesaria su lectura como texto referencial de nuestra civilización, el libro de libros que, desde la perspectiva de la ética social, aún marca el camino. En este sentido, creo que el ultralaicismo de la pedagogía moderna ha hecho daño a la cultura humanística porque ha confundido las religiones con el conocimiento, y en la confusión ha rechazado aquello que somos y de dónde venimos. Lo digo, pues, sabiendo que escandalizará a los comecuras, aunque no tiene nada que ver con la religión: leer la Biblia tendría que ser una obligación educativa para formar estudiantes y al mismo tiempo ciudadanos. Negar los orígenes no garantiza el futuro, sólo hace el presente más desconcertante.

Pilar Rahola - www.PilarRahola.com

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