Lecturas de verano

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Una de mis tradiciones de bolsillo, de esas que existen para poder cambiarlas cuando llegan otras, es escoger mis lecturas para agosto, el mes en el que hago paréntesis con la realidad cotidiana. Y como soy una voraz lectora de periódicos y libros de actualidad, mi agosto hace vacaciones de ello, y hurga en la biblioteca de la Bernat Metge para escoger textos de otras épocas. No hay nada más ilustrativo para entender el presente, que leer autores que hace dos mil años que han muerto. Los grandes griegos y romanos no solo son lecturas profundas que nos sumergen en los propios abismos, no en vano la humanidad no ha dejado de preocuparse e interrogarse sobre lo mismo, desde hace milenios. Son, además, textos que abren en canal, con la precisión del cirujano, la realidad política de otros siglos, y sorprende descubrir hasta qué punto, hablando de sus tiempos, hablan de los nuestros...

Este año, a la espera de engrosar la elección, ya he apartado los dos primeros: "Historia de la guerra del Peloponeso" de Tucídides y "La guerra de los judíos" de Flavio Josefo. El primero, un consejo de Carles Boix, que lo considera imprescindible para entender lo que nos ocurre en la actualidad. El otro, leído hace casi tres décadas, con lo cual toca la revisión. Por supuesto conozco la diferencia de criterio de ambos historiadores, con Tucídides, padre del realismo político, encarnando la exigencia del rigor, y Flavio, líder judío asimilado por Roma, que acabó de apologeta del invasor. Aunque es cierto que luchó por mantener la dignidad de su pueblo dentro del imperio. Es decir, por un lado el ateniense en el destierro, aferrado a los hechos de la guerra entre Atenas y Esparta, y liberado de cualquier tentación de subjetividad; por el otro, el judío hijo de la aristocracia de los asmoneos, comandante de Galilea en la Gran Revuelta Judía, encarcelado y perdonado en Roma y finalmente el hombre que nos ha legado la crónica de la caída de Jerusalén y la destrucción del segundo templo, no exenta de mirada amable hacia el invasor. En ambos casos, observadores directos de dos grandes conflictos de la antigüedad que cambiaron el signo de sus propios pueblos. Tucídides, además, dejó un texto de gran importancia para entender la geopolítica, no en vano fue el primero que tuvo claro que la relación entre las naciones no era una cuestión de justicia, sino de poder. Una actitud que, dos mil años después, continua intacta.

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Estas son, pues, mis primeras lecturas de vacaciones, alejada de los titulares informativos, de las últimas novedades y de todo aquello que, durante el resto del año, conforman el grueso de mis fuentes de información. ¿Podrás vivir sin el frenesí de la actualidad?, pregunta un amigo incrédulo. Hace años que sobrevivo a ello sin problemas. Sobre todo porque he descubierto una verdad inapelable: no hay nada más antiguo, que el presente.

Pilar Rahola - www.PilarRahola.com

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