Ellas y bellas

sandra-barneda

Apuestas Deportivas

De golpe, una noche cualquiera, un programa de televisión a altas horas, el tiempo relajado, y un inesperado clic ilumina el momento. No estaba guionado, ni pautado, y por ello mismo, surgido con naturalidad casi naif, fue mágico. José Corbacho dirigía la escena, embutido en unos tacones imposibles para hacer un papel de miss. Y entonces hizo la pregunta, una de esas preguntas de Corbacho del ji-ji ja-ja, que tienen su miga. "Si hubiera un holocausto nuclear, ¿a qué pareja, hombre y mujer, escogerías para preservar la especie humana?", espetó a las chicas de Hable con ellas. Y fue entonces cuando se levantó la gran Sandra Barneda, magnífica en su cuerpo diez, felizmente brillante cada vez que habla, y respondió: "A mi pareja, que es una mujer, y al tío más guapo y fértil que haya en la Tierra". Y zas, pasó, como si no hubiera pasado, como si no fuera insólito, ni excepcional, ni poco normalizado. Como si, por fin, fuera natural, común y normalizado. Es decir, como si la homosexualidad femenina ya formara parte de nuestra sociedad sin barreras, ni estigmas por superar. Como si ya no fuera noticia.

Sin duda ya no lo es con la intensidad de otros tiempos y muchos son los kilómetros andados en el tortuoso camino de los derechos. Pero desgraciadamente, aún es noticia, porque aunque seamos muy guays, tengamos matrimonio gay y hasta los del PP miren hacia otro lado, lo cierto es que subyacen en nuestras sociedad estigmas antiguos y profundos especialmente crueles con las mujeres que aman a mujeres. La doble moral y lo políticamente correcto disimulan en parte esa discriminación atmosférica que sobrevive, con notable resistencia, a los cambios legales, pero todos conocemos esas miradas, esos chistes descarnados de camioneras, esos comentarios soeces cuando ellas no están. Mentimos, ponemos buena cara, parecemos unos modernos sin prejuicios, pero en la zona oscura de nuestro pensamiento colectivo, ser una mujer que ama a otra mujer aún está en el feroz punto de mira del desprecio y la discriminación. Por ello mismo el gesto normal, casi despistado, tierno, de Sandra hablando de su chica, nos dio, a muchos, un momento profundo. Era una escena cualquiera, en un programa para pasárselo bien, y en ese mundo catódico donde las palabras volaban indolentes por esa noche sin altavoces, Sandra nos convirtió en una sociedad bellamente normal. Es decir, en gente que no pregunta qué condición sexual tiene el amor, porque lo único importante del amor es que funcione.

resenas-de-casinos

Habrá un día en que una columna como esta no tendrá sentido y el amor violeta no será ninguna noticia. Pero no hemos llegado a ese punto y por ello alzo la palabra para agradecerle a Sandra su naturalidad y, me temo, su valentía. Sólo fue un gesto sencillo en medio de una frase sin ambiciones. Y, sin embargo, se abrió un mundo de luz. Fantástica Sandra y fantástico su amor.

Artículo de Pilar Rahola en La Vanguardia | www.PilarRahola.com

sugar-daddy