Divide et impera

Aunque la frase se atribuye a Julio César, no parece que haya ninguna prueba que confirme la autoría, pero se sabe que fue una técnica muy eficaz para mantener las fronteras de los imperios. Divide te impera, aconsejaba el viejo latín, y ciertamente no hay manera más eficaz de dominar los pueblos conquistados.
Esta máxima antigua debió bailar por la cabeza de un gobernante más próximo, aunque igualmente seducido por la erótica del imperio. Y así fue como el ínclito José María Aznar pronunció, sin mover el bigote, una frase profética: "No nos preocupemos por Cataluña. Ya se pelearán entre ellos".
Pues bien, aquí estamos, dos mil años después de Julio César, demostrando cómo la división de los súbditos garantiza la fuerza de los imperios. De los imperios o de sus restos, que buena es una sola colonia, si se puede exprimir. Ahorrémonos las perífrasis, silogismos, eufemismos y el resto de opciones para dejar el pato mareado. Lo que nos pasa es que estamos divididos, y aunque las razones son muchas y algunas lógicas, olvidamos la fundamental: entretenidos en defender el patio de casa, perderemos el país entero. ¿Cuántas más señales de fatiga puede enviar la ciudadanía, la misma que se ha manifestado masivamente unida cada vez que la hemos invitado a hacerlo? ¿Cuánta gente sensata que habíamos seducido estamos dispuestos a perder porque hemos decidido asustarlos con peleas de gallinas? ¿Cuánto tiempo podemos invertir en perder el tiempo que no tenemos? Es hora de decir basta, rebuscar en el baúl del juicio perdido y tomar decisiones de la altura que la historia que, si va de verdad, nos exige. Porque, si me permiten amigos, saludados y conocidos del proceso, traemos meses haciendo el asno. Y con cada empresa hemos perdido sábanas, mantas e incluso la vajilla de porcelana.
Todavía estamos a tiempo, y en función de los resultados de la votación de la Asamblea Nacional Catalana, todo se puede rehacer. Pero una cosa parece cierta, sea como fuere, con la dosis de imaginación que corresponda y con los sacrificios personales que exija, tenemos que conseguir la unidad de las fuerzas del proceso o habremos perdido la guerra sin haber empezado la batalla. Ya vendrán los tiempos de debatir sobre el color de los muebles, la distribución de la casa y el edificio entero, y ciertamente la pluralidad de las opciones que laten en la sociedad catalana tendrán cabida y, si hace falta, se batirán en la arena. Pero ahora estamos a las puertas de un momento de gran trascendencia, al menos para todos aquellos que creemos que hace falta decidir sobre nuestro futuro y replantear, si cabe, nuestro estatus político. Y personalmente, si me permiten la confesión, estoy dispuesta a la dureza del momento, pero no estoy dispuesta a ver como se ríen de nosotros porque estamos haciendo el ridículo. Divide te impera. Dos mil años después, esperemos que no seamos los catalanes los últimos en demostrarlo.
O conseguimos la unidad del proceso, o habremos perdido la guerra antes de iniciar la batalla.












