Crimea and Catalonia

Lluís Bassets alertaba en un artículo del riesgo que el soberanismo catalán se reflejara en el espejo de Crimea, y explicaba, con razón, las múltiples contingencias que hacen de Crimea un caso incomparable a los procesos escocés y catalán. Lo que Lluís no decía es que esa misma distorsión la aplica, también, "el otro lado", en palabras de un ministro Margallo que sale escopetado a decirle a Europa que no permita un referéndum en Crimea. Y, por supuesto, cuando dice no a Crimea, piensa en Catalunya. En ambos casos, el paralelismo demuestra grave ignorancia histórica, incapacidad para leer las claves del conflicto y anteojeras localistas para mirar el mundo.
Pase lo que pase en Crimea, sea referéndum de independencia, sea anexión voluntaria (o via militari) a Rusia, sea mantenerse en Ucrania, se parece tanto a Catalunya como un huevo a una castaña. Primero, porque la península ha sido turca, rusa y ucraniana en un trágico baile histórico. Y, desde el momento en que Stalin deportó a la totalidad de los originarios tártaros -en una de las limpiezas étnicas más brutales de la historia- y la repobló con rusos, la península se convirtió en un conflicto aún más complejo. Lo cierto es que, como aseguraba Bassets, "el derecho a decidir va a favor de los rusos, la población mayoritaria de la península gracias al derecho de conquista y a la limpieza étnica". Además, y de la mano de los Relatos de Sebastopol de Tolstoi -que participó en la dura guerra de Crimea-, sabemos que Crimea forma parte de la mítica nacionalista rusa, de manera que está más cerca de los intereses imperiales de unos que de los derechos nacionales de otros.
También cabe recordar que Rusia necesita el puerto de Sebastopol porque en él tiene su flota del mar Negro, de manera que la cuestión nacional queda contaminada por la geoestrategia. Y luego está Ucrania, que difícilmente puede considerar que la vieja península tártara forme parte de su historia, no en vano Crimea le fue regalada hace cuatro días, de la mano de Jruschov. Para resumir, la contradicción a ambos lados del debate catalán, si se miran en el espejo de Crimea, es terrorífica.
Si lo hace el españolismo, se encuentra con que la mayoría de la población de la península lo que quiere es ser anexionada a Rusia o ser independiente, tutelada por el gigante ruso. Es, pues, el sueño de cualquier estado con veleidades imperiales. Yo del ministro Margallo me callaría. Pero también me callaría desde las posiciones soberanistas, porque el proceso de Crimea no se parece en nada a la lucha de los pueblos, sino a la salida desesperada de un jeroglífico trágico cuya situación actual es endiablada. Sería, pues, deseable que no nos metiéramos en camisa de once varas. Crimea no se parece en nada ni a Catalunya, ni al conflicto catalano-español. Su único espejo es su propia historia, y es un espejo roto.
Pilar Rahola | www.PilarRahola.com












