Babosas

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Apuestas Deportivas

Nunca he tenido el instinto depredador propio de los humanos. Y no me refiero a palabras mayores, estilo gusto por la cacería, sino a la actitud ante los animales más insignificantes. Confieso que, de pequeña, era de ese tipo de niñas que se quedan extasiadas mirando las hileras de hormigas, o en los atardeceres lluviosos de los veranos en Cadaqués, salía a mirar las babosas y los caracoles que iniciaban su lento paseo nocturno. Y a diferencia de otros pequeños demonios de mi entorno, nunca corté la cola de una lagartija, ni soporté la idea de matar un animal.

De hecho, mi padre desistió de llevarme a pescar, harto de que devolviera los peces al mar, y la imagen de un pulpo que cogió acompañó mis pesadillas durante la infancia. Seguramente soy una animalista excesiva, tanto respecto de mi posicionamiento en favor de los animales, como por las fuertes emociones que me produce su padecimiento.

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Y, repito, no se trata sólo de los grandes animales, que crean empatía en mucha gente, sino de los pequeños animalitos que laten cerca de nosotros, minúsculas maravillas de ingeniería biológica, cuya contemplación siempre me impresiona. No somos conscientes, en nuestras carreras enloquecidas y egoístas, de la cantidad de vidas pequeñas que conviven con nosotros, a menudo mostrándonos su delicada perfección sin que seamos capaces de admirarla, quizás porque somos indignos de la belleza que nos rodea.

Sin embargo, si escribo este artículo no es para expresar mi amor incondicional a los animales, sino por la preocupación por su imparable desaparición. Y nuevamente no me refiero a los grandes mamíferos, aunque están condenados a la extinción. De hecho, en los últimos 500 años se han extinguido 5.570, un tipo de mamífero desaparecido cada seis años.

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Pero el riesgo amenaza igualmente a los más pequeños. ¿Dónde están los caracoles, babosas, los gusanillos que salían con la humedad de la noche? ¿Y las mariposas, abejas, escarabajos? Ciertamente los hay, pero el número ha descendido de tal manera que uno de cada cinco invertebrados puede desaparecer en la próxima década, con los de agua dulce en peor riesgo. Y conocemos a los culpables: insecticidas masivos, contaminación de las aguas, el modelo depredador de vida..., nosotros, los peores enemigos de la vida en el planeta, auténticos virus que todo lo devoran y contaminan.

Me maravilla la vida, y cuanto más pequeña, más extraordinaria. ¿Qué caminos ha seguido la naturaleza para que el ojo de una mosca tenga miles de lentes? ¿Qué mago ha tenido el ingenio de convertir una crisálida en una belleza intensa y fugaz? ¿Quién le ha dicho al pulpo que haga jardines en las cuevas donde se esconde? Averroes decía que nada era superfluo en la naturaleza. Y sin embargo, los seres humanos hemos actuado como si todo lo fuera, pobres egocéntricos vanidosos, que hemos caído en la miseria de creernos superiores.

>>>>>  Pilar Rahola. Publicado en el diario La Vanguardia