Ni referéndum, ni seny: caos en Catalunya

Mas ha desconvocado la consulta. Perdón, el referéndum, hablemos con propiedad. Lo que para unos es un golazo por parte del Gobierno central y de las "sanísimas" instituciones del Estado -en muy buena forma ellas, sólo hace falta ver las encuestas de satisfacción popular con estas y los políticos-, para otros es un simple coitus interruptus del que se sabe más o menos cómo se la ha metido, pero no cómo se la sacará. Porque los escenarios son los siguientes:
a) Si Mas sigue con lo suyo, monta un cutre-referéndum popular en los locales habilitados por la Generalitat, sin carácter vinculante y con un censo electoral sacado del Señor de los Anillos en el mejor de los casos, en el cual la participación ciudadana será muy baja –si llegaran al 40% sería digno de verbena- y mayoritariamente del Sí-Sí, pero que a efectos propagandísticos quedaría como un nuevo episodio de aquél referéndum en Arenys de Munt pero montado a lo bestia. O sea, quedaría en nada.
b) Si Mas no lo hace, aún peor: conseguiría lo que hasta ahora, que por dos pasos avanzados, a la que ve las orejas al lobo y quiere dar uno para atrás, se encuentra que el coste electoral que le supone es mayor que el coste de seguir hacia adelante a sabiendas del trompazo. Teoría de juegos, de sendas, de manual de ciencia política aplicada al culebrón catalanista.
Pero lo peor no ha llegado. El separatismo político que siempre lo ha tenido claro, es decir, de ERC para su izquierda, sabe que lo único que le queda –o lo que siempre ha sido la única vía real- es la llamada Declaración Unilateral de Independencia (DUI), es decir: en un Parlament donde una amplia mayoría sea independentista, proclamar la República Catalana y arrancar un proceso constituyente propio. Por ello, y tras el anuncio de Mas de su renuncia a la consulta-referéndum tan legal que quería en su momento, desde ERC, las CUP, parte de IC-V... pierden el culo por unas nuevas elecciones, a las que llaman "plebiscitarias", para obtener esa aplastante mayoría.
Es curioso como hace unos pocos años todos ellos se quejaban en abierto de la falta de proporcionalidad de la ley electoral española, y por ende la catalana, que asigna diputados según la famosa Ley d'Hondt y que beneficia a las fuerzas más votadas de forma desproporcional, y hoy que ERC puede ser la primera fuerza en votos se callan más que bien al respecto. O sea: saben que unas elecciones anticipadas desdibujarían todavía más el reparto de escaños del Parlament, que se asignarían más diputados de los que la ética política les permitiría mediante la antaño criticada ley electoral de toda la vida, y por los que tratarían de arrastrar a todo quisqui a la DUI a ver si Rajoy tiene los bemoles a sacar los tanques –cosa que saben no lo haría ni bien de orujo de su tierra. Según esta estrategia, si las elecciones anticipadas coinciden con las municipales de 2015, les benefician –por aquello de "doble urna" que confunde a no pocos votantes-, y si caen coincidiendo con las generales de 2015, previsiblemente en otoño, tres cuartos de los mismo –lloriqueo, victimismo y campaña "españaensroba", en castellano también.
Lo que no calculan los deseosos de las elecciones anticipadas, para enterrar de una vez a Artur Mas y tomar las riendas del procés sobiranista, es el hastío creciente entre la población catalana de la situación de beligerancia constante en la que nos han envuelto los políticos locales. Hace demasiado que no vemos aquellas maravillosas encuestas oficiales o periodísticas en las que se mostraba la desafección política hacia la clase política dirigente o que se espatarra en el Parlament. Eso, junto a la posibilidad nada extraña de que nuevas formaciones como Podemos o Guanyem entren en el Parlament, pueden desdibujar los planes y el mapa político, creando una atomización en las butacas de sus señorías que si hoy entre cuatro partidos a favor del referéndum y de la independencia ya hay tortas, imagínense entre más organizaciones que como mínimo se apuntan a realizar una "consulta". Algún experto ya se queja en términos como "¿cómo coño vamos a hacer la DUI si ahora ya tenemos la mayoría parlamentaria y no lo hacemos esperando a que tengamos otra que puede que no llegue?". Fiesta mayor.
La estrategia, se elija la que se elija, seguirá teniendo un común denominador: el victimismo y la foto. El victimismo porque no se puede cambiar de argumento tras décadas de explotación, o sea, no inventarán un discurso "heroico" ni digno de toda "naciente nación" –olvidando el lema aquél tan chachi que se berreaba en todas las manifestaciones del "Sense València / No hi ha independencia"; y la foto es la nueva arma con la que sacan de vez en cuando algún rédito los catalanistas separatistas, es decir, internacionalizar el proceso y vender imágenes, literalmente, de mucha gente, de jóvenes y de photoshops brillantes, a los periódicos del mundo a ver si algún pez gordo de algún país con más soberanía interna y externa que España se posiciona y dice públicamente "anda Rajoy, déjalos votar y que se callen". Lo que saben de sobra es que en todos lados cuecen habas, y que no son pocos los Estados europeos –ya no digo en todo el mundo- con sus propias regiones animadas a la independencia, por lo que si aceptan un caso, deben aceptar todos. Y si no, miren cómo reaccionaron con Escocia.
La clave será la poca participación en el referéndum-consulta-pachanga del 9N: puede conseguir que se desinfle el proceso, que se alargue o que consiga rearmar voluntades a los favorables a permanecer unidos al resto de España. Eso sí, si acaba siendo una juerga de 15 días de votación, la seriedad internacional se va al garete y eso les duele más que todos los 12 de Octubres en Plaza Cataluña juntos.
Finalizo diciéndolo claro: no esperemos, los que no queremos la independencia, sea cual sea nuestro modelo de Estado, que esta guerra finaliza aquí. Nuestras instituciones están desgastadas, son caducas y son vistas con malos ojos por parte de toda la opinión pública española. O tomamos conciencia del problema político y social, o serán otros, estelada en mano, los que acabarán arrebatando la ilusión a los ciudadanos. Y eso es algo que debemos evitar a toda costa, por una cuestión de honor, por respeto a nuestras familias y por amor a nuestra nación. "A la calle, que ya es hora", que dice la canción.
Jordi de la Fuente. Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración.












