Mali se desmorona y el Sahel amenaza a Europa: el riesgo real que España sigue ignorando

Hay una pregunta que los analistas de seguridad llevamos tiempo haciéndonos en voz baja y que ya es hora de formular en público: ¿cuánto tiempo más puede Occidente permitirse mirar al Sahel como si fuera un problema ajeno?

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Mali se desmorona. No es una metáfora ni una exageración periodística. Es la evaluación que manejan los servicios de información españoles, que monitorizan con creciente preocupación el colapso progresivo del Gobierno de Bamako y el agotamiento de unas fuerzas armadas malienses incapaces de contener el empuje yihadista. La hipótesis de que los grupos armados alcancen la capital y proclamen alguna forma de Estado islámico ha dejado de ser un escenario de planificación para convertirse en una posibilidad operativa real. Y sin embargo, el debate público en España sigue mirando a otro lado. El error de marco que lo explica todo. Durante años, Occidente ha analizado el Sahel fundamentalmente como un problema humanitario con derivadas de seguridad. Ese enfoque está invertido. Es un problema de seguridad con derivadas humanitarias. Y esa diferencia de marco no es semántica: determina qué instituciones lideran la respuesta, qué recursos se destinan, qué plazos se manejan y, sobre todo, qué soluciones se contemplan. Mientras la Unión Europea debatía programas de gobernanza y desarrollo, los grupos yihadistas construían estructuras territoriales sólidas, captaban población local ofreciéndole lo que el Estado nunca le había dado —orden, pertenencia, justicia a su manera— y establecían economías paralelas sostenidas por el tráfico de personas, armas y narcóticos. No improvisaban. Planificaban. Y lo hacían con una visión estratégica de largo plazo que contrasta dolorosamente con la cortedad de miras occidental. El vacío que nadie quiso llenar. La retirada francesa del Sahel dejó un vacío que no fue estratégico sino político. Francia se fue porque políticamente era insostenible quedarse. Pero el vacío de seguridad no desapareció con las tropas. Lo ocuparon otros. Las estructuras herederas de Wagner —reorganizadas y más opacas tras la muerte de Prigozhin, pero igualmente operativas— no llegaron al Sahel a estabilizar nada. Llegaron a explotar la inestabilidad. El modelo es conocido: seguridad a cambio de soberanía cedida, acceso a recursos minerales y proyección geopolítica rusa en una región que durante décadas fue área de influencia francesa y, por extensión, occidental. El resultado es un triángulo perverso: estados que necesitan seguridad, mercenarios que la venden al mejor postor y grupos yihadistas que aprovechan la confusión para expandirse sin freno.

En ese contexto, España mantiene 316 efectivos desplegados en Mali. Sin un relato nacional claro. Sin una estrategia propia articulada. Sin que la ciudadanía sepa muy bien para qué están allí ni hasta cuándo. ¿Qué nos dice el asesinato de Camara? El asesinato del coronel Sadio Camara, ministro de Defensa maliense, no es un hecho aislado que pueda despacharse en un breve informativo. Es un mensaje deliberado, calculado y dirigido a lo que queda de estructura institucional en Mali: nadie está a salvo, ni siquiera en el centro mismo del poder. Ese tipo de mensajes tienen un efecto devastador sobre la moral de las fuerzas regulares y sobre la voluntad de cualquier funcionario de mantenerse leal a un Estado que no puede protegerle.

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Desde la criminología y el análisis de conflictos, sabemos que cuando un ejército pierde la batalla psicológica antes que la militar, el colapso no es una posibilidad. Es una cuestión de tiempo. El califato como proyecto de gobierno. Existe una tendencia extendida en los análisis occidentales a tratar la amenaza del califato saheliano como mera propaganda yihadista. Es un error de evaluación que puede resultar muy caro. JNIM —el Grupo de Apoyo al islam y los musulmanes, vinculado a Al Qaeda— no busca únicamente territorio. Busca construir una estructura de gobierno alternativa que ofrezca a la población local lo que el Estado nunca le ha proporcionado. Una organización que gobierna es incomparablemente más difícil de desalojar que una que simplemente combate. Porque tiene raíces. Tiene legitimidad entre quienes dependen de ella. Y porque erradicarla exige no solo capacidad militar sino una alternativa política creíble, que en el caso maliense brilla por su ausencia.

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Lo que España no está haciendo. España tiene intereses directos y legítimos en el Sahel: seguridad en su frontera sur, control de los flujos migratorios irregulares, protección de sus efectivos desplegados y mantenimiento de su credibilidad como actor de seguridad ante la OTAN y la UE. Nuestro país es, geográficamente, el Estado europeo más expuesto a lo que ocurra en el África subsahariana. Menos de 1.600 kilómetros separan el norte de Mali del sur de la Península. Menos distancia que entre Madrid y Berlín. Y, España no tiene una estrategia Sahel propia. Tiene compromisos multilaterales, efectivos sobre el terreno y buenas intenciones. Pero le falta lo esencial: un relato nacional articulado sobre qué hace allí, con qué objetivo y con qué visión de futuro. En un entorno donde Rusia y los grupos yihadistas operan con objetivos claros y plazos definidos, la ambigüedad occidental no es moderación. Es debilidad.

El Sahel no es el patio trasero de África. Es la frontera avanzada de Europa. Y mientras el debate político en España oscila entre el gasto en defensa y otras prioridades domésticas, quienes trabajamos en seguridad sabemos que el próximo gran desafío no vendrá únicamente del este. Vendrá también del sur. Y llevamos demasiado tiempo sin prepararnos para recibirlo.

Ignorar Mali hoy no es neutralidad. Es una decisión con consecuencias. Y cuando esas consecuencias lleguen, nadie podrá decir que no estaba avisado.

Mara Jiménez. Criminóloga y analista de seguridad, especializada en conflictos armados, inteligencia y defensa. Autora del libro 'Antes del atentado