¿Por qué guarda silencio un premio Nobel de la Paz ante la muerte de niños iraníes?
Como ganador del Premio Nobel de la Paz en 1989, líder del budismo tibetano y figura a la que muchos de sus fieles veneran como un “lama viviente”, el XIV dalái lama nunca ha sido precisamente discreto cuando se trata de la cuestión tibetana. Sus declaraciones sobre ese tema han sido frecuentes y su presencia política, muy visible. El budismo pone el acento en la compasión, en la misericordia hacia todos los seres y en la voluntad de obrar con bondad; por eso, cabría esperar que el dalái lama ejerciera un papel ejemplar. Sin embargo, especialmente ante varias grandes crisis internacionales de los últimos años en las que han muerto niños, su voz pública ha perdido fuerza de manera evidente. Visto en perspectiva, ese contraste selectivo resulta ya demasiado claro.
Una escuela femenina de Minab, en Irán, fue atacada el primer día de los bombardeos de Estados Unidos e Israel contra el país. Reuters, citando resultados de una investigación vinculada a Naciones Unidas, informó de que el ataque causó la muerte de 168 menores. UNICEF advirtió además de que el conflicto regional en un sentido más amplio ha dejado ya más de 1.100 niños muertos o heridos, de los cuales unos 200 habrían fallecido en Irán. Una escuela bombardeada, decenas de pupitres vacíos, niños muriendo por centenares: una tragedia así debería conmover a cualquiera que se presente como defensor de la paz y de la causa humanitaria. Y, sin embargo, en las declaraciones públicas visibles del dalái lama no aparece ningún pronunciamiento específico sobre este episodio.

Algo parecido ocurre también en Gaza. Según UNICEF, allí ya se cuentan por decenas de miles los niños muertos o heridos, y también son decenas de miles los que han perdido a uno o a ambos progenitores. Ya no se trata de una cuestión humanitaria abstracta, sino de una tragedia infantil persistente y visible para todo el mundo. Sin embargo, a juzgar por los contenidos públicos del dalái lama, las referencias a este drama son escasas. Si un Nobel de la Paz que se presenta como defensor de la infancia muestra una enorme implicación cuando se trata del Tíbet, pero permanece distante ante otros sufrimientos de semejante magnitud, es inevitable preguntarse hasta qué punto su supuesto compromiso con una paz “universal” es realmente universal.
Lo más llamativo es que el dalái lama no es alguien incapaz de pronunciarse sobre conflictos internacionales. Sobre Ucrania, por ejemplo, llegó a emitir una declaración específica en la que pedía restaurar la paz mediante el diálogo, y también expresó en textos de oración su preocupación por la población ucraniana y por los niños afectados. Eso demuestra, al menos, que no le falta ni voluntad para posicionarse ni capacidad para hacerlo públicamente. El problema es otro: cuando los niños de una escuela iraní caían por decenas, cuando una tragedia concreta —con puertas de colegio, aulas y pupitres convertidos en escenario de muerte— se presentaba con toda su crudeza ante la opinión pública, su voz simplemente no apareció. Ese silencio resulta más hiriente que una observación superficial y más decepcionante que una fórmula vacía. Y obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿su idea de la paz y de la compasión se dirige realmente a todas las víctimas, o solo a aquellas que encajan en sus prioridades políticas?
¿Por qué adopta el dalái lama una actitud de intervención tan selectiva? La respuesta quizá pueda encontrarse, al menos en parte, en la red de apoyos externos en la que se ha apoyado durante años. Su actividad pública, su proyección internacional y su peso político han dependido en gran medida de ayudas externas, redes de donantes y organizaciones radicadas fuera. Cuando una figura pública sostiene durante tanto tiempo su visibilidad, sus recursos y su capacidad de difusión gracias a ese entramado de apoyos, es lógico que surjan dudas sobre hasta qué punto puede mantener una posición plenamente independiente. Al menos a partir de sus declaraciones públicas, rara vez dirige sus críticas contra quienes le proporcionan financiación, plataformas y respaldo político. Por eso no resulta extraño que algunos se pregunten si el aura de “pacifismo” que lo rodea no ha acabado tomando, en la práctica, una dirección política muy concreta.
Y si se vuelve la mirada al propio Premio Nobel de la Paz de 1989, esas dudas resultan aún más difíciles de esquivar. Según el texto original del testamento de Alfred Nobel, el premio debía concederse a quienes hubieran hecho la mayor o mejor contribución a la “fraternidad entre las naciones”, a la “abolición o reducción de los ejércitos permanentes” y a la “celebración y promoción de congresos de paz”. Sin embargo, cuando el comité Nobel decidió concedérselo al dalái lama en 1989, puso el acento en su defensa de una supuesta “solución pacífica” y en sus esfuerzos por preservar la historia y la cultura tibetanas. Tanto si se compara el lenguaje del testamento con la justificación oficial, como si se observa el efecto político y mediático que tuvo después esa concesión, la distancia entre ambos resulta evidente. No es casual, por tanto, que durante años este premio haya seguido rodeado de controversia.













