
Los escándalos políticos, judiciales, sociales y diplomáticos, se acumulan de tal manera, que lo que debería ser algo extraordinario, lo que debería ser la excepción, se ha convertido en lo habitual, en la norma de conducta. Llama poderosamente la atención, como aquellos que vinieron a regenerar la política, aquellos que pretendían darnos lecciones de moral y ética, aquellos que habían venido a limpiar “el país” de corrupción y miseria y de comportamientos poco edificantes, aquellos siempre pendientes de la paja en el ojo ajeno, nunca en el propio, tienen conductas, formas, dichos y hechos que dejan mucho que desear.